viernes, 26 de marzo de 2021

11) DE CUMANÁ A CIUDAD BOLIVAR

Mi primo Jesús López Fernàndez, fue a buscarme en una camioneta Pick up de la Cervecería y pronto llegamos desde Cumaná al puerto de las chalanas en Soledad. Fue mi primer encuentro con el Orinoco, poderoso río padre de todos los ríos de Venezuela, era como otro mar, menos azul, dulce y que corría arrastrando mogotes y separando a Ciudad Bolívar del resto de Venezuela. A esta empinada urbe se podía llegar a través de barcazas o chalanas que transportaban vehículos y pasajeros, pero antes de embarcarse había que caminar por una batea que desinfectaba el calzado, era una de las maneras implementadas para evitar la fiebre aftosa, epizootia que estaba afectando mortalmente la ganadería en varias regiones del país. El Estado Bolívar había sido declarado oficialmente en 1950 libre de aftosa y en todos los pasos, puertos, atracaderos de ambos lados del Orinoco, había controles sanitarios. Los vehículos eran fumigados antes de abordar las chalanas y los pasajeros obligados a caminar por esa batea empapada de un compuesto químico letal contra el virus trasmisor de la fiebre aftosa. La primera en recibirnos en el atracadero de Ciudad Bolívar, fue Leticia, una loca agradable y pintoresca, tenía su casa en la calle del Puerto de las Chalanas, de donde salía muy temprano con un ramita a castigar a los viandantes y a los carros. A ella, de buena pinta y delgada, también la programaban los políticos para que voceara ¡Abajo Pérez Jiménez! Y cuando lo hacía la gente se ponía seria, especialmente si se veía muy cerca algún policía o militante del “Frente Electoral Independiente” (FEI) que era el partido político del gobierno.

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