miércoles, 3 de marzo de 2021

38) EL MUSEO SOTO

El Maestro Jesús Soto, me dijo que la historia del Museo que ostenta su nombre y del cual fui integrante del Consejo Consultivo en tiempos de Freddy Carreño como director, debe contarse, no a partir de su inauguración, sino desde que la idea germinó en la mente de él allá en Paris, en la década de los cincuenta, cuando fue al encuentro de los grandes para calibrarse asimismo. El muchacho de la calle Santa Ana que le pintaba los cartelones a Joaquín Echeverría en el cine América, de verdad que soñaba con llegar a ser un gran pintor como esas figuras clásicas que le devanaban los sesos cuando estudiaba y practicaba los rudimentos de la cultura artística junto con su entrañable amigo Carmelo Castillo. Pero para Soto pintar letras y afiches anunciando la película del día no era el camino. Quería salirse de la rutina y llevar a la pintura el rielar de ese río que atravesaba a nado y los moriches que invadían el paisaje e interferían la luz del trópico, de manera que se fue a Caracas, a la Cristóbal Rojas, hasta graduarse con una beca de 200 bolívares que le otorgó al gobernador Mario Briceño Iragorri a solicitud del obispo Miguel Antonio Mejía. Después lo premiaron con una cátedra de pintura en la Escuela de Artes Plásticas de Maracaibo y como no era eso en verdad lo que aspiraba, se marchó a París para terminar de encontrarse asimismo encontrando a otros artistas como Mondrian, tan determinante en su obra. Vivir en una ciudad tan masificada, monumental y extraña, resultaba quijotesco para un provinciano humilde y además limpio de alma y de bolsillo. Sin embargo, era despierto y creativo para inventar, pintar y tocar la guitarra en los Cafés y Cabarets del Barrio Latino, lo cual le abrió camino hasta el día en que Dense Renee lo encajó entre los grandes. Vaseraly, pionero del cinetismo que luego abandonó, logró con su nombre y con obras propia canjeadas con los grandes, un Museo para Hungría, su país de origen y Soto creyó sin equivocarse que podría alcanzar lo mismo para su amada Ciudad Bolívar. Para los años de la década de los sesenta, Soto contaba con una pinacoteca integrada con obras propias, de otros artistas constructivistas y de la vanguardia del constructivismo. En 1959 cuando ganó el Premio Nacional de Pintura en Venezuela, José Simón Escalona, director de Educación y Cultura del Gobierno del doctor Diego Heredia Hernández, adquirió la obra ganadora en 20 mil bolívares. En tal ocasión Soto comunicó sus sueños de un Museo para Ciudad Bolívar a Miguel Arroyo, director del Museo de Bellas Artes como a Carmelo Castillo y Elias Inatti que fueron compañeros de estudio. La idea de un Museo de Arte Moderno en Ciudad Bolívar, acostumbrada al tradicionalismo del Museo Talavera, hoy desaparecido, no tuvo al comienzo mucho calor, espacialmente porque el pueblo para entonces estaba muy absorbido por el momento político que atravesaba el país. Fue en la década de los sesenta cuando esa idea comenzó a tomar cuerpo gracias a quienes en ese momento estaban iniciando la fundación de la Casa de la Cultura, entre ellos, Mimina Rodríguez Lezama, Elías Inatti, Germán González Seguías, David Alizo, Mercedes Quiroga y Américo Fernández, que valiéndose de su condición de diputado pudo lograr ante el profesor Lucas Rafael Álvarez, director de Educación y Cultura, nos dotara y pagara el alquiler del local. Por su parte, Germán González Seguías que era concejal logró una partida de funcionamiento con el ayuntamiento. Fui más allá y logré que la Legislatura aprobase dos mil bolívares para el Premio de Poesía Alarico Gómez y el Ministro de Educación Siso Martínez donara un proyector de cine de 16 mm. Así comenzó la Casa de la Cultura, cuna del Museo con el cual soñaba Soto.

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